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martes, 23 de noviembre de 2010

Mi Top 5 de libros gordos

1. Apocalipsis, de Stephen King. 1.300 páginas.

Un virus acaba con el 99% de la población mundial. Los supervivientes sueñan unos con una anciana negra centenaria y otros con el Hombre Oscuro. La clásica historia del Bien contra el Mal.
Debo reconocer que la primera vez me gustó, pero no me entusiasmó. Lo consideré uno más del montón. Pero la segunda vez… Ah, la segunda vez quedé completamente subyugado. Me absorbió por completo y me convertí inmediatamente al Apocalipsisismo. ¡Mi vida por ti!

2. Los Miserables, de Víctor Hugo. 1.278 páginas.

Estuve desde el año 2000 postergando este libro, pero como han hecho una nueva versión (con toda la pinta de triunfar en los Oscar) pues me animé. La historia en sí es fantástica, pero de vez en cuando Víctor Hugo la deja d elado y se pone a hablar de cosas que no vienen al cuento, y se hace bastante pesado. Aún así vale la pena.

3.La Hora de las Brujas, de Anne Rice. 1.260 páginas.

La historia de los Mayfair, una familia formada por trece generaciones de brujas y de un espíritu que los ronda.
Para cada generación hay una trama y un montón de personajes, y mientras lo leía llegó un momento que no recordaba qué parentesco tenía este con el otro. Para leerlo hay que prepararse un croquis con el árbol genealógico, creedme.
El libro está bien hasta cierto punto, pero el final no me gustó nada. Me sentí indignado y traicionado y quise tirar el libro a la basura.

4. El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. 1.235 páginas.

La primera vez que lo leí fue un ejemplar de 1.100 páginas, pero esta vez me leí la edición que sacaron en el centenario del nacimiento de Tolkien, que aparte del libro incluye un apéndice de 100 páginas, el cual incluye una especie de resumen de "El Silmarillion", idiomas, orígenes de razas, etc. Creo que sobran las presentaciones. ESDLA es la gran obra de la vida de Tolkien y supone una de las bases de la fantasía actual. Indispensable en la biblioteca de todo aquel que se considere un gran lector.  

 5. IT, de Stephen King. 1.215 páginas.

Un monstruo con forma de payaso despierta cada 28 años para alimentarse de niños. En los años sesenta siete amigos se enfrentan a Eso y lo vencen. En la actualidad, ya de adultos, tendrán que volver a hacerle frente de nuevo.
Uno de los libros más terroríficos de todos los tiempos. ¿Para qué decir más?




lunes, 22 de noviembre de 2010

Flashforward, de Robert J. Sawyer


Me parece increíble que la serie y el libro en el que se basa no se parezcan en nada. Y es que sólo tienen en común dos cosas: el desvanecimiento y uno de los personajes.
No sé cómo Robert J. Sawyer pudo consentir que se pasaran por el forro su historia de esa forma. Si hubiera sido yo me habría cabreado bastante, la verdad. Y aunque en la serie hay más misterio, al menos en el libro dan una explicación bastante aceptable al desvanecimiento.
El libro me encanta porque entre el flashforward y el momento en que descubren la explicación de que se produjera, se plantean varias teorías de mecánica cuántica y del espacio­-tiempo que, para un entusiasta de los viajes temporales como yo, ver cómo discuten y razonan sobre si es posible o no tal teoría o paradoja temporal, es un auténtico gozo.
Eso sí, el final ya no me gustó tanto. Digamos que es demasiado sci-fi para mí.

Argumento

Bueno, el argumento es muy similar al de la serie (en realidad tendría que ser al revés, pero en fin…)
Lloyd Simcoe es un científico del CERN que está a cargo del LHC o colisionador de hadrones. Él y su equipo planean recrear el Big Bang y obtener el bosón de Higos, la partícula cuya interacción dota de masa a las demás. Pero cuando inicia el experimento Lloyd tiene una visión de sí mismo de mayor, casado con una mujer que no es su actual prometida. Cuando despierta descubre que no ha sido el único, sino que ha ocurrido a nivel planetario. Mientras el mundo se pregunta si lo que han visto es el futuro y si puede cambiarse o no, el equipo de Lloyd inicia una investigación para averiguar cómo pudo haber ocurrido, y paralelamente crean una página web para que la gente vaya contando sus visiones.

Diferencias

Entre la serie y el libro hay bastantes diferencias, como por ejemplo:
–En la serie el flashforward es de seis meses. En el libro de 21 años.
–En la serie el desvanecimiento dura 2:17 segundos. En el libro 1:43 segundos.
–En el libro Lloyd Simcoe se ve casado con otra mujer que no es su prometida. En la serie es la mujer del protagonista la que se ve con otro hombre.
–En ambos el compañero del protagonista no tiene flashforward aunque en el libro es griego y en la serie coreano.

Teorías

Interpretación de Muchos Mundos

Interpretación de Muchos Mundos o IMM dice que, cada vez que un evento puede tomar dos destinos, en vez de tener que tomar uno u otro, toma ambos, cada uno en un universo separado.

Ley de Niven

Larry Niven es un escritor de ciencia-ficción que postuló que en un universo en el que los viajes temporales fueran posibles, no se inventaría jamás ninguna máquina del tiempo, ya que esto provocaría una paradoja temporal.
En uno de sus relatos, un científico está construyendo una máquina del tiempo y justo cuando termina el sol estalla en una supernova. El universo mismo impide que viaje en el tiempo para que no se produzca ninguna paradoja.

Gato de Schrödinger

Pon un gato en una caja sellada con un frasco de veneno que tiene un 50% de probabilidades de activarse en el periodo de una hora. Al final de la hora abre la caja y comprueba si el gato está vivo. Según la versión estándar de la mecánica cuántica, hasta que alguien mire dentro el gato no está ni vivo ni muerto, sino en una superposición de ambos estados posibles; el acto de mirar obliga al gato a decidir por uno de los dos resultados posibles. Excepto que, como la observación podría resolverse de dos maneras, lo que los defensores del IMM sostenían era que en realidad el universo se dividía en el momento de la observación. Uno de ellos continuaría con el gato muerto y el otro con él vivo.
En la Interpretación Transaccional o IT, el gato envía una “oferta” en forma de onda física, que viaja hacia delante en el futuro y atrás en el pasado. Cuando la onda de oferta alcanza el ojo, éste envía una onda de “confirmación”, que viaja hacia el pasado y hacia el futuro. Las ondas de oferta y confirmación se cancelan en todo el universo, salvo en la línea directa entre el gato y el ojo, donde se refuerzan, produciendo una transacción. Como el gato y el ojo se han comunicado a través del tiempo, no hay ambigüedad y no hay necesidad de frentes colapsados: el gato existe dentro de la caja en el estado exacto en que al fin será observado. Además no hay división del universo en dos; como la transacción cubre todo el periodo relevante, no hay necesidad de ramificarse: el ojo ve al gato como siempre estuvo, ya sea vivo o muerto.

Principio de exclusión de Pauli

El Principio de exclusión de Pauli se aplicaba originalmente sólo a los electrones: dos electrones no pueden ocupar simultáneamente el mismo estado energético. (Puede que esto os suene de Fringe: dos objetos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo). En este caso también se puede aplicar al “ahora”: sólo puede haber un “ahora”. Al enviar el “ahora” del 2009 al 2030, el “ahora” del 2030 es desplazado a su vez hacia el futuro, creando así una reacción en cadena.
Entonces, si alguien, por ejemplo, destruyera el LHC en 2030, el “ahora” del 2030 no se desplazaría al futuro y por tanto no dejaría el hueco para el “ahora” del 2009, y de esta forma no tendría lugar el primer flashforward u no moriría toda esa gente. Da que pensar, ¿eh?

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Se Busca (Relato-secuela de La Torre Oscura) ¡Ojo Spoilers!

Mike Oslon colocó la manguera del surtidor de gasolina en su posición inicial, le devolvió el cambio al hombre del Chevrolet junto con las llaves y le deseó un buen viaje.
–Eh, Jerry–llamó Mike, una vez el hombre del Chevrolet se hubo marchado, al otro empleado de la gasolinera que estaba en un surtidor situado a unos treinta metros.
–Dime–dijo Jerry, que estaba llenando el depósito de una moto de cross.
–Voy un momento al baño. Cúbreme, ¿vale?
–Tranquilo–dijo Jerry, haciéndole un gesto con la mano mientras miraba de reojo el contador del surtidor.
Mike le devolvió el saludo y se fue al baño.
La gasolinera estaba vacía a excepción del motorista y Mike suponía que le daría tiempo a echar una meada antes de que viniera alguien. Además estaban ellos dos, de sobra para los tres surtidores que había en la gasolinera. En la antigua gasolinera había dos, pero tras la reforma el nuevo dueño decidió instalar uno más.
Mike empezó a bajarse la cremallera del mono antes de abrir la puerta y cuando entró en el baño se detuvo de golpe, sorprendido.
Allí, frente al espejo, había un hombre.
¿Pero cómo ha entrado?, se preguntó Mike mientras cerraba la puerta tras él. Llevo cuatro horas trabajando y no le he visto pasar.
–Oh, lo siento, pensé que no había nadie–se disculpó, mientras echaba un vistazo a aquel desconocido.
Aquel hombre parecía sacado de una película de gángsters de los años cincuenta. Llevaba una gabardina negra que le rozaba las suelas de los zapatos y un sombrero de fieltro inclinado ligeramente hacia delante le cubría la frente. Llevaba unos guantes también negros y se estaba observando detenidamente la cara, tocándosela con los dedos, como si estuviera buscando alguna imperfección.
Lo más increíble de todo era que afuera había 38º y el hombre, con todo lo que llevaba puesto encima, no sudaba ni una gota, mientras que Mike sentía el sudor deslizarse por su pecho y abdomen.
– ¿Lo ha llenado?– preguntó el desconocido con una voz rasposa, casi un susurro, y Mike se sintió intranquilo. Su voz sonaba como si el hombre llevara diez años sin abrir la boca y hubiera roto su voto de silencio en aquel preciso momento.
– ¿Disculpe?–preguntó Mike, desconcertado.
El hombre se volvió hacia él y le mostró una extraña sonrisa. Mike retrocedió un paso instintivamente. El hombre sonreía, pero sólo la mitad derecha de su boca. La otra mitad estaba rígida, como si hubiera sufrido una embolia no hacía mucho.
Entonces Mike se fijó en un detalle que se le había escapado al principio. En la solapa derecha de la gabardina el hombre llevaba un pin, un ojo escarlata abierto del todo.
– ¿Qué le pasa en la boca?
El hombre se giró hacia el espejo y se dio unos pellizcos el la comisura izquierda del labio, estirándolo unos centímetros. Volvió a sonreír ante el espejo y esta vez lo hizo con toda la boca.
–Mejor. ¿Lo ha llenado ya?
– ¿El qué?
–Mi Buick. ¿Lo ha llenado?
– ¿Que… qué Buick? Afuera no hay ningún Buick.
¿De dónde ha salido este tío?
–Si ha venido en coche creo que se lo han robado, porque fuera no está.
Entonces el hombre se rió, pero no fue una risa agradable. Era como si se estuviera atragantando, y Mike sintió que se le ponía la piel de gallina.
–Nadie se atrevería a robarlo.
Este tipo está sonado, pensó Mike, ojalá se marche pronto y me deje mear en paz.
– ¿Dice que no está fuera?
Mike asintió con la cabeza sin dejar de mirarlo.
–Espere un momento. Esto es Pensilvania, ¿no?
–Sí.
¿Es que no sabe en qué estado se encuentra? Este tío ha debido tomar algo.
– ¿Gasolinera Jenny?
Confirmado, este tío está fumado.
– ¿Jenny? No, hombre, la gasolinera Jenny quebró hace casi treinta años. Hace cuatro o cinco años el dueño de una cadena la compró y reformó. Ahora es la OPEC.
El hombre abrió los ojos al máximo, sorprendido.
– ¿En qué año estamos?
–2009.
Este tío está mal de la cabeza. ¿Cómo no puede saber en qué año estamos?
–Vaya, creo que he perdido la noción del tiempo. Ha sido una reunión realmente larga–y volvió a reírse de aquella forma tan desagradable.
–De acuerdo.
Tú síguele la corriente, mantenlo tranquilo, no conviene poner nervioso a un pirado.
–Oiga, si le han robado el coche puede ir a la comisaría a denunciarlo. Quién sabe, puede que hayan encontrado su coche.
–Es posible, es posible–el desconocido avanzó hacia él y Mike se envaró. Cuando pasó por su lado Mike captó un olor como de huevos podridos y tuvo que volver la cara para no marearse.
Vamos, márchate ya.
Pero el desconocido no se marchó. Pasó la cadena de seguridad por el pasador y se volvió hacia Mike. Éste se puso nervioso y retrocedió.
– ¿Por qué ha cerrado la puerta?
–Tranquilo, amigo, no va a pasarle nada.
–No estoy solo, mi compañero se extrañará si tardo mucho en salir.
–Sólo quiero que hablemos.
El hombre puso una mano sobre su hombro y a pesar de llevar guantes, Mike se sintió asqueado. Era como si algo mugriento y supurante de pus lo hubiera agarrado.
Mike se sacudió la mano del hombro y retrocedió tambaleándose.
–No me toque–gimoteó–No vuelva a hacerlo, por favor.
El hombre sonrió y asintió con la cabeza.
–Claro, claro, siempre que me diga lo que quiero saber.
–Le ayudaré si está en mi mano.
–Bien. Quiero que vea esta foto y me diga si reconoce a este perro.
El hombre metió la mano en el bolsillo interior izquierdo de su gabardina y le mostró la foto de un chico. Tendría unos veinte años, el pelo largo, una corta perilla y unos pocos pelos en el labio superior.
¿Por qué lo ha llamado perro?
– ¿Es usted poli?
El hombre se carcajeó y sonó como unas uñas rasgando una pizarra.
–Claro, ¿por qué no?
No, es todo lo contrario. Más bien parece un matón.
–Este perro responde al nombre de Patrick, Pat para los amigos y es muy dócil y juguetón–el hombre volvió a reírse de nuevo y el olor a huevos podridos golpeó a Mike en toda la cara–Eso de que responde es una forma de hablar, porque es mudo. Se peleó con un gato y el gato le arrancó la lengua y se la comió.
Como una cabra.
–No, lo siento, no lo he visto. ¿Qué ha hecho?
–No se deje engañar por su aspecto de cachorrillo inocente, este perro es un criminal muy peligroso. Atentó contra el Rey y por su culpa el Rey ha caído.
– ¿El Rey? ¿Qué Rey?
–El único y verdadero. El Rey Carmesí.
Está peor de lo que imaginaba. ¿Rey Carmesí? ¿Y cómo se llamaba la reina, Reina de Corazones?
–Oiga, ¿se encuentra usted bien o ha tomado algo?
El hombre resopló por la nariz y le golpeó el pecho con el dedo índice. Mike sintió como si le hubieran golpeado con una maza de acero. Se quedó sin aliento y se tambaleó hasta chocar contra el lavabo, con la mano aguantándose el pecho. Cuando se irguió, vio que los ojos del hombre eran completamente naranjas, sin nada de blanco.
–No, escoria inmunda, no estoy bien. De hecho estoy muy lejos de estar bien. El Rey ha caído. Algul Siento ha sido arrasado. Los can-toi han sido masacrados. Sólo nos salvamos un grupo de seis, que en ese momento nos encontrábamos de viaje, captando nuevos disgregadores. Todos los disgregadores han desaparecido. Ha sido cosa de ese pistolero y de su maldito ka-tet, y estoy seguro de que ese perro viejo de Ted le ha ayudado. Le prometo una cosa, señor empleado de gasolinera, en cuanto encuentre a ese pintor de tres al cuarto y le obligue a deshacer lo que ha hecho, en cuanto vuelva a dibujar al Rey en toda su gloria y esplendor, iré a por el viejo Ted y lo traeré de vuelta. Otra vez. Y seguirá haciendo su trabajo. Entonces sí que estaré bien–el hombre soltó una seca carcajada y Mike vio con espanto que sus ojos volvían a ser negros–Lo único bueno de todo esto es que el pistolero ha vuelto al punto de partida, ha vuelto a comenzar su búsqueda y así será por siempre jamás. Ka. El destino es una rueda, ¿lo sabía? No volverá a ser un problema para nosotros.
El hombre sonrió ante la expresión de absoluto horror de Mike y le palmeó el hombro.
–Venga, ¿por qué no va a mear? Se lo ha ganado. Yo por mi parte seguiré su consejo e iré a la policía a preguntar por mi coche. No puedo buscar a ese perro a pie, ¿verdad?–y le guiñó un ojo.
– ¿Se va a marchar?
–Vaya a mear. Cuando salga ya me habré ido.
Mike dudó un momento y le dio la espalda, aterrado. Entró en el retrete y tardó un buen rato en echar el chorro. Mientras lo hacía no escuchó ningún ruido procedente del otro lado. Cuando salió después de sacudírsela–sólo dos veces, tres es una paja­–esperaba toparse con el hombre allí de pie, pero se había esfumado. Salió afuera pero no vio ni rastro de él.
–Eh, Mike, ¿estás bien?–le preguntó Jerry, llenando el depósito de un 4x4–Parece que hayas visto un fantasma.
–Sí. Oye, ¿no has visto salir a un tío con gabardina?
– ¿Un tío con gabardina? ¿Seguro que estás bien?–le preguntó Jerry, riéndose.
– ¿Entonces no lo has visto?
–Eh, Mike, ¿por qué no vas a refrescarte la cara un poco? Has debido pillar una insolación. Del baño sólo has salido tú.
Mike asintió lentamente y miró a su alrededor. Ni rastro del hombre.
Seguramente había sido eso, una insolación. No podía ser real. Imposible. Entró de nuevo en el baño, se mojó la cara y el cuello y se miró al espejo. Rey carmesí, menuda locura. Había sido sólo eso, una insolación. Esas cosas no pasaban. Se dio una pequeña bofetada, meneó la cabeza y regresó al trabajo.



El Arlequín (Relato-secuela de IT, de Stephen King)

Era como un sueño que empieza a olvidarse al poco tiempo de despertar.
Eso es lo que pensaba Mike Hanlon cuando intentaba recordar a sus amigos de la infancia y lo que habían hecho, lo que quiera que fuera.
La primera vez todos se fueron y olvidaron, todos menos él, que tuvo que quedarse. La segunda vez volvieron a olvidar, pero en esta ocasión él también olvidó, porque la criatura, Eso, había muerto de una vez por todas.
Mientras se recuperaba en la cama del hospital, uno de ellos, Bill,
(¿Era Bill? ¿O Richie? ¿O alguno de los otros? Lo cierto es que si recordaba los nombres era por la estatua conmemorativa. Lo que sabía a ciencia cierta era que uno de ellos era escritor, pero, ¿escritor de qué, novelas, poesía…? )
le había regalado un diario en el que enseguida empezó a volcar sus recuerdos de las últimas horas. Pero dos días después de comenzar el diario las letras empezaron a volverse borrosas y la tinta empezó a correrse, como si las páginas no hubieran sido abiertas en cincuenta años al menos, y sus recuerdos de aquella noche empezaron a desvanecerse, pero él quiso recordar y transcribió el contenido del diario una y otra vez, pero cada vez pasaba lo mismo así que al final desistió y aceptó olvidar.
Pero no del todo, porque aún tenia en su poder los diarios que había escrito durante su investigación de la historia de Derry y de las catástrofes que se sucedieron cada 28 años. Eses no se borraron.
También estaba la estatua conmemorativa, claro, el homenaje a las personas que murieron durante la tormenta de 1985. Allí, en una placa en el pedestal de la estatua, estaba su nombre y el de sus amigos; era la única forma que tenía de recordar sus nombres.
Cuando observaba aquella estatua su interior se llenaba de energía positiva.
Hicimos algo grande”, pensaba, “Algo bueno”. Pero el qué, no lo sabía. Al intentar recordar empezaba a dolerle la cabeza y tenía que desistir.
Así que había olvidado y había seguido con su vida. Pero algunas veces…
Ignoraba la razón, pero había situaciones en las que se sentía paralizado de puro terror y un sudor frío se deslizaba por su espalda.
Cuando veía un globo atado a una cuerda movido por el viento se le ponía la piel de gallina y pensaba: “flotan”, pero ignoraba por qué le venía a la mente esa palabra.
Cuando pasaba por Neibolt Street no podía evitar detenerse y observar la vieja casa, y una sensación de pesadumbre se apoderaba de él.
Algo malo ocurrió aquí”, pensaba, y se quedaba varios minutos viendo la casa sin verla, con su mente a la deriva, buscando lo que no era capaz de recordar hasta que se obligaba a reanudar la marcha.
Pero lo peor de todo era cuando venía el circo al pueblo.
Desde hacía cinco años el circo venía puntualmente al pueblo, coincidiendo con el aniversario de la fundación de Derry. Las calles de llenaban de alegría y alborozo durante tres días, y los niños se lo pasaban de maravilla. Pero no sólo los niños. Todos los negocios cerraban y el pueblo entero se apretujaba en las calles para ver desfilar a la banda de música. Los padres llevaban a sus hijos a las atracciones, los chicos, ya en pleno desarrollo hormonal, trataban de conseguirles a sus novias el peluche grande en las barracas de tiro al blanco, y los que iban en pandilla trataban de impresionarse los unos a los otros a ver quién conseguía hacer sonar la campana con un fuerte golpe de martillo.
Luego le tocaba el turno al circo.
Desfilando seguidamente detrás de la banda de música iba el circo. Así es como se presentaba al pueblo. Payasos, malabaristas, acróbatas, elefantes guiados por sus domadores… Daban una vuelta completa al pueblo por la calle principal y terminaban justo frente a la gran carpa, donde el director animaba a los padres a traer a sus hijos, y a los niños a convencer a sus padres para que los llevaran.
Pero Mike Hanlon nunca entraba.
Ignoraba la razón, pero cuando veía los carteles y folletos repartidos por todo el pueblo con la enorme cabeza sonriente de un payaso, todo su humor se evaporaba y lo invadía una sensación de intranquilidad y desasosiego que lo mantenía clavado al suelo rígido como una estaca de madera.
Tal vez había tenido una mala experiencia de niño, quién sabe, pero lo cierto es que no podía ver a un payaso delante, ni siquiera en pintura.
Todos los años le pasaba igual y el 2001 no fue distinto, salvo por una cosa: fue el año de su muerte.

La mañana del primero de los tres días de festejo, Mike Hanlon se despertó con el ruido de los fuegos artificiales que estaban haciendo explotar en cada rincón del pueblo. Abrió los ojos de golpe y lo primero que pensó fue: “Ya estamos”.
No es que fuera un amargado que odiara las fiestas, pero ya tenía cierta edad y todos los años se repetía la misma historia. Además todos los establecimientos permanecían cerrados y no había adónde ir a parte de a la feria y al circo. O puede que los tres días de festejos llevaran asociado el regreso del circo y de aquellos payasos que despertaban en él sensaciones tan contrarias a las esperadas.
Sea como fuere, Mike se dejó estar unos minutos más antes de levantarse con las dificultades a las que ya se iba acostumbrando, cogió su bastón y entró en el baño a asearse.
Hacía poco más de un año había sufrido un aparatoso accidente del que aún hoy padecía sus consecuencias. Estaba en el segundo piso de la biblioteca subido a una escalera colocando unos libros en la estantería más alta cuando perdió pie, se tambaleó hacia atrás y se cayó desde una altura de diez metros, destrozando una mesa que en aquellos momentos, afortunadamente, estaba libre, y la cadera.
Mike pasó por dos operaciones y una larga y dolorosa rehabilitación que le dejaron una leve cojera que tendría que sobrellevar hasta el fin de sus días.
Al salir del baño se vistió y desayunó, y luego salió a la calle.
La gente ya empezaba a congregarse a lo largo de la calle principal, bien apretujada, y a lo lejos ya se escuchaba a la banda municipal de Derry, con sus trompetas, bombos y platillos, y las majorettes delante, moviendo sus bastones, lanzándolos al aire y cogiéndolos con aquella agilidad tan propia de ellas.
La banda caminaba unos minutos, se detenía al menos uno para exhibir su talento musical y luego reemprendía la marcha. A aquel ritmo el desfile duraría tranquilamente el resto de la mañana.
Unos ochenta o cien metros por detrás iban los del circo. Los elefantes guiados por sus domadores con las trompas levantadas­–los elefantes, no los domadores–, que de vez en cuando se alzaban sobre sus patas traseras y barritaban. Los malabaristas lanzando más de cuatro objetos al aire, algunos caminando, otros bailando mientras lo hacían y otros en equilibrio sobre sus monociclos. Bufones caminando sobre sus grandes zancos y payasos brincando y haciendo volteretas, siempre rodeados por la música del hombre-orquesta que iba en la retaguardia.
La gente se contagiaba de su música y les vitoreaba, y desde los balcones de sus casas algunas personas les arrojaban confeti. En respuesta los payasos lanzaban caramelos a los niños o los mojaban con las flores de sus estrafalarias chaquetas.
Uno de ellos mojó a Mike al pasar por él y el bibliotecario estuvo tentado de darle un bastonazo en toda su roja cabezota.
Cabrón”, pensó Mike, incapaz de verle la maldita gracia. “Seguro que lo ha hecho a propósito”.
Para evitar que volviera a pasar avanzó entre la gente hasta ponerse a la altura de la banda de música, a la que acompañó hasta el final del recorrido. Al llegar a la gran carpa bicolor, músicos y circenses se mezclaron por igual mientras volvía a lanzarse otra mansalva de fuegos artificiales, aunque en menor cantidad. El presupuesto municipal no daba para mucho más.
Al ver a los payasos confraternizando con los músicos, Mike no pudo evitar pensar en lo que le vino a la mente cuando el payaso le salpicó con su flor: John Wayne Gacy, aquel gordito afable que por el día hacía de payaso en fiestas infantiles y que por las noches saciaba su sed de sangre.
Cuando veía un payaso le venía a la mente aquel gordo psicópata. Por el amor de Dios, ¿cómo alguien podía considerarlos graciosos?
Estaba con esas divagaciones cuando sintió una mano sobre su hombro. Se dio la vuelta y se encontró con una cara amiga. De hecho con dos.
Mike Noonan y su adorable hija de seis años, Kyra.
Mike era el vecino más reciente de Derry. Se había trasladado al pueblo hacía menos de un año, un hecho que había corrido de boca en boca como la pólvora, ya que Mike Noonan era una celebridad. O lo había sido hasta hacía dos años.
Mike era un reconocido escritos de novelas de intriga (un escritor a lo Mary Higgins Clark) hasta que decidió dejarlo. Según le dijo más tarde, se le había acabado el fuelle. Había sufrido un largo bloqueo de escritor tras la muerte de su esposa Jo, y cuando al fin empezó un nuevo libro ocurrieron en su vida una serie de sucesos nada agradables (Noonan no quería hablar de ello y Hanlon no necesitaba escucharlo, aunque había leído en el periódico algo de un tiroteo en el TR-90 donde se mencionaba el nombre del escritor) que le quitaron las ganas de seguir escribiendo.
Al poco de llegar lo convencieron para dar una charla-coloquio sobre el arte de la escritura, sus comienzos, etc., y un par de meses después ya estaba enseñando escritura creativa en el instituto de Derry.
Mike lo conoció cuando fue con su hija a la biblioteca a hacerle el carnet de socia. Mike sabía quién era porque tenía algunos libros suyos en la biblioteca, y se pusieron a hablar mientras le hacía el carnet a la niña. Se cayeron bien desde el principio y al final Noonan le firmó algunos libros.
Coincidieron varias veces más y en cada ocasión mantuvieron conversaciones muy agradables y apasionantes. Fue en una de esas ocasiones cuando Mike le preguntó si podía participar en una charla sobre lo que mejor conocía: la escritura. Afortunadamente había dicho que sí, y su amistad se había visto beneficiada de ello, ya que fue Mike Hanlon el que moderó la charla.
–Mike, vaya susto me has dado–dijo Hanlon estrechándole la mano.
–Lo siento, no lo pretendía.
–No importa, estaba distraído con el espectáculo.
–Sí, es imposible no contagiarse de un ambiente tan festivo. ¿Qué tal la cadera?
Mike se frotó la cadera derecha y se encogió de hombros.
–Ya no volveré a correr la maratón de Nueva York, pero ya lo he asumido. Esta es tu primera vez, ¿no? Me refiero a los festejos del bicentenario de Derry.
–Oh, sí, he pasado una temporada a las afueras de Derry, pero nunca por estas fechas. Esta era una oportunidad que no podía dejar pasar, sobretodo para Ki, ¿verdad, princesa?
–Sí, esto mola.
Noonan le revolvió el pelo y Mike le sonrió a su tocayo. Kyra llevaba un cachorro de labrador sujeto con una correa que no paraba de mover la cola y de lamerle la mano.
–Vaya, ¿quién es este caballero?
–Se llama Stricken y es mi perrito. Tiene nueve meses–dijo Kyra, acariciándole la cabeza y rascándole detrás de las orejas.
–Bonito nombre, creo que nunca lo he oído antes.
–En realidad es Strickland pero ella lo pronuncia así–dijo Noonan–Es una larga historia, no preguntes.
–De acuerdo. ¿Vais a entrar?
–Sí, a Ki le encantan los payasos y los shows con animales. Creo que ya queda poco para que empiece–dijo Noonan consultando su reloj– ¿Te apuntas?
–No, gracias, hace mucho que dejaron de hacerme gracia los payasos. Espero que os lo paséis bien.
–Gracias, Mike. Ki, di adiós al señor Hanlon.
–Adiós, señor Hanlon–dijo Kyra agitando su manita–Di adiós, Stricken.
El perro soltó dos ladridos y Mike se despidió de ellos con la mano. Se quedó un rato allí parado, observando cómo se unían a la cola de la taquilla. Los payasos y acróbatas empezaron a dirigirse a la parte trasera de la carpa, para prepararse para la función. Cerca de él pasó un adolescente con la cara pintada de blanco vestido con un traje de arlequín a rombos rojos y verdes y un sombrero con cuatro puntas con un cascabel en cada una de ellas, subido encima de un monociclo.
–Eh, amigo, ¿no se anima? Seguro que se divierte.
El joven le sonreía de forma grosera, como si supiera de su temor a los payasos y que no le diría que sí.
–No, gracias.
–De todas formas no dejan entrar a negros.
¿Acabo de escuchar lo que creo?
Mike se le quedó mirando, con el ceño fruncido.
– ¿Qué es lo que has dicho?
El arlequín soltó una carcajada y se fue hacia la parte trasera de la carpa, haciendo gestos mímicos de tirar de una cuerda.
He debido de imaginármelo, pensó Mike, viéndolo desaparecer entre los artistas del circo.

Una hora más tarde Mike se hizo la comida y cuando terminó de llenarse la panza se echó una siesta. Soñó con payasos en monociclos y en bicicletas del siglo XIX y con globos flotando por todas partes y cuando se despertó hora y media más tarde bajó a la feria, que estaba en pleno apogeo, aunque lo estaría más por la noche. Se compró algodón de azúcar y almendras garrapiñadas, y lanzó aros y disparó a la diana, y aunque su destreza había mermado con los años se lo pasó de maravilla, a pesar de los premios de consolación que se llevó a casa.
A media tarde regresó a casa a adelantar algo de trabajo. Redactó un borrador en el que solicitaba al Ayuntamiento seis mil dólares para comprar los mejores y más valorados cómics para la biblioteca. Eso sería un buen incentivo para aumentar el número de lectores infantiles y juveniles.
También tenía que organizar la cita mensual del club de lectura del mes siguiente y tenía intención de convocar un concurso de relatos y otro de poesía, cuyas mejores composiciones se publicarían en la revista mensual de Derry. Tal vez llevara adelante el proyecto de crear un taller de escritura de relatos cortos. Tendría que mencionárselo a Noonan, quizá accediera a dirigirlo. Pero eso sería más adelante, antes tenía muchas otras cosas que hacer. La vida del bibliotecario no era un camino de rosas.
Hacia el atardecer, cuando el sol comenzaba a ocultarse y el cielo se iba tiñendo de un violeta azulado, Mike decidió ir al cementerio a visitar la tumba de su padre. Al cruzar la verja se encontró con Lois Roberts, una anciana de unos setenta y cinco años a la que conocía desde siempre. Hablaron unos minutos y luego ella le dijo que iba a visitar a Ralph. Mike le respondió que iba a hacer lo propio con su padre y se despidió de ella.
Mientras se dirigía a la hilera de tumbas en la que se encontraba la de su padre, no pudo evitar pensar en el señor Roberts. Se entristeció mucho cuando supo que había muerto atropellado, hacía tres años.
Mike recordó cuando aquel fanático antiabortista lo apuñaló en la biblioteca. Menudo susto se había llevado. Él y todos los que estaban allí. En aquellos días había mucho revuelo con Susan Day, una activista proabortista que iba a dar una conferencia sobre el tema en Derry. Hubo muchos altercados, como con aquel Pickering, y luego aquel loco que arrojó una bomba sobre el Centro Cívico desde un avión… Madre mía, menuda se armó aquel día.
En una de sus charlas con Noonan descubrió que él había conocido a Ralph Roberts en su época de donante de sangre, y que lamentó mucho su muerte cuando se enteró por los periódicos. Aquella noche brindaron por Ralph, estuviera donde estuviese.
Mike estuvo diez minutos con su padre y luego fue a hacerle una breve visita a Ralph Roberts. La señora Roberts ya se había ido.
Cuando regresó a su casa y subió las escaleras del porche, vio que alguien había atado un globo rojo al pomo de su puerta.
–Pero, ¿qué…?
Mike empezó a desatar el nudo y mientras trataba de aflojarlo el globo explotó. Mike lanzó un alarido y se encogió instintivamente.
–¿Qué pasa, Mikey, no te gustan los globos?–dijo una voz tras él.
Justo delante del porche estaba el arlequín del monociclo, sonriendo como un demente, con su cara emborronada de blanco. Estaba sentado sobre su monociclo, sin darle a los pedales.
A Mike algo no le encajaba.
¿Por qué no se cae? Nisiquiera se tambalea. Está tan inmóvil como una estatua y no se cae del monociclo.
Era como si el monociclo fuera una prolongación de su cuerpo.
–¿Qué quieres?–le preguntó, agarrando con fuerza la empuñadura de su bastón.
–Oh, Mikey, Mikey, ¿me preguntas qué quiero?–el arlequín soltó una carcajada y comenzó a balancearse como un péndulo, media pedalada hacia delante, media pedalada hacia atrás–Sólo divertirme y dejarme llevar. Eso para empezar.
–¿Pues por qué no das media vuelta y regresas a tu carpa? Apuesto a que allí hay mucha gente divirtiéndose en estos momentos.
El arlequín paró de pedalear y lo miró fijamente, sin dejar de sonreír.
–¿Apostarías tu pellejo?
Mike sintió un escalofrío que le recorrió la columna y su corazón golpeó con fuerza contra el pecho.
Uno de ellos solía decirlo. Apostar el pellejo. Pero, ¿quién?
–Oh, vaya, ¿te encuentras bien, Mikey? Te has puesto pálido, y eso en un negro es algo raro.
El arlequín bajó del monociclo de un salto y se acercó a Mike.
–Ten, para que recuperes la sonrisa…–extendió una mano y en ella apareció un globo negro–¿Ves? Es negro, como tú. Ten, abre la mano.
El arlequín abrió la suya y el globo se elevó en el aire.
–Oh, mira lo que has hecho. Ahora el globo no parará de flotar y flotar hasta llegar a las estrellas. Es lo que tiene el helio, ¿no?
Mike sintió otro escalofrío y retrocedió hasta tocar la puerta con la espalda.
–¿Quién eres?–preguntó en un susurro, poniendo el bastón entre él y el arlequín.
El chico de la cara pintada lo miró brevemente, como si le estuviera preguntando si creía realmente que aquel palo de madera le serviría para algo, y a Mike se le cayó el bastón al suelo.
El arlequín puso cara de consternación.
–Oh, vaya, la edad ya te ha afectado a la memoria, ¿eh, viejo? Supongo que a todos os pasó tras subir de las cloacas. Espera un momento, tú no bajaste, ¿verdad, Mike? Tú te quedaste en tu camita del hospital mientras los demás hacían el trabajo sucio. Una lástima que el pobre Eddie no lo consiguiera.
Mike sintió como si una mano helada le estrujara el corazón y lo redujera al tamaño de una nuez. Abrió los ojos de puro terror y se pegó más a la puerta, como si quisiera traspasarla con su cuerpo.
Ahora recordaba todo, y deseó seguir en la ignorancia.
–Eso es, Mikey–dijo el arlequín, aspirando con fuerza por la nariz–Cuanto más aterrado estás, mejor hueles.
–No es… no es posible. Te… te matamos.
–No, negro, matasteis a mi madre, no a mí–sus dientes se convirtieron en afilados colmillos y todo rastro de simpatía desapareció de su rostro.
–Las crías…
–Sí, mis hermanos y hermanas. Tus amigos mataron a mamá y a mis hermanos, pero yo sobreviví. Me escondí y dormí, esperando a estar lo suficientemente fuerte como para poder salir a la superficie y llevar a cabo mi venganza–el arlequín agarró a Mike del cuello con una mano y lo levantó un palmo del suelo–Ese momento ha llegado y tú tendrás el privilegio de ser el primero–sus ojos se convirtieron en dos puntos de luz que comenzaron a brillar intensamente, y Mike dejó de resistirse.
Era incapaz de apartar la mirada.
–Un negro muerto de miedo–dijo el arlequín, sonriendo–Mi plato favorito.
Y le arrancó el corazón.

A medianoche la criatura con aspecto de arlequín se detuvo frente a la estatua conmemorativa de las víctimas de la tormenta de 1985 y la observó detenidamente. La criatura sabía todo lo que había pasado entonces gracias a la memoria genética característica de su especie, que contenía todos los recuerdos de su progenitor. Llevaba con él un cubo que dejó en el suelo. El cubo contenía la sangre y vísceras del bibliotecario. Metió dos dedos en la sangre y escribió sobre la placa conmemorativa:

¡PENNYWISE ESTÁ VIVO!

La gente creería que era tinta de spray, pero cuando observaran más detenidamente sabrían la verdad y se asustarían. Y él (Eso) se alimentaría. Pero antes buscaría a los otros Perdedores. Eran cuatro y estaban viejos. No lo verían venir.
Luego regresaría a su madriguera a dormir hasta que se hubiera desarrollado del todo y saldría a comer.
La criatura regresó a la casa del negro para esconder allí el cubo y luego empezó a caminar hacia los límites del pueblo.

Flashforward

Opinión

Creo que si los creadores de la serie hubieran tenido su propio Flashforward no se habrían molestado en hacerla. No me malinterpretéis, a mí la serie me encantaba y estaba realmente enganchado, pero el final fue una cagada. Tonto de mí, esperaba que resolvieran alguno de los misterios, y en vez de eso lo dejaron todo abierto, como si fuera a haber una segunda temporada. Pero ya se sabía que la serie estaba cancelada, así que, ¿pa qué? ¿Tanto les costaba a los guionistas dar alguna respuesta? No sé, no creo que fuera tan difícil. Pero es lo que pasa cuando te alejas completamente de la historia del libro (del que hablaré en su apartado correspondiente).
Si cuando pararon la serie para retocar los guiones la hubieran cancelado, no habría supuesto ninguna diferencia. Así te queda un mal sabor de boca y sientes como si te hubieran timado. Eso sí, si algo se salva del último capítulo es la canción que suena durante el segundo desvanecimiento. Muy bonita.

Argumento

Durante 2:17 segundos todos los habitantes del planeta pierden el conocimiento y ven un atisbo de su futuro. El FBI crea una unidad para investigar el fenómeno, cómo ha pasado y quién es el responsable. Paralelamente crean una página donde todo el mundo puede escribir lo que vio en su flashforward y de esta forma reconstruir ese día de dentro de seis meses.
Mientras, algunos quieren comprobar si sus visiones se van a hacer realidad, y otros tratan de impedirlas a toda costa.

Personajes

Mark Benford (Joseph Fiennes)

El agente del FBI Mark Benford es el protagonista. Ex-alcohólico, es el encargado de investigar el desvanecimiento. En su flashforward estaba en su despacho, borracho, atando algunos cabos sueltos de la investigación cuando unos hombres enmascarados y armados aparecen para matarle.

Olivia Benford (Sonya Walger)


La doctora Olivia Benford es la esposa de Mark Benford y en su flashforward estaba con otro hombre. Debo decir que me sentí muy decepcionado al ver que su flashforward se hacía realidad.

Demetri Noh (John Cho)


El compañero de Mark Benford es el único que no tuvo un flashforward, lo que significa que en seis meses estará muerto. Demetri centra todos sus esfuerzos en averiguar cómo será su muerte y en tratar de evitarla a toda costa.

Nicole Kirby (Peyton List)


La canguro de la hija de los Benford. En su flashforward estaba siendo ahogada y sentía que se lo merecía.

Janis Hawk (Christine Woods)


Trabaja con Mark y Demetri en los flashforwards. En el suyo estaba embarazada. Eso choca con el hecho de que es lesbiana y soltera.

Bryce Varley (Zachary Knighton)


El ayudante de la doctora Benford iba a suicidarse cuando se produjo el desvanecimiento. En su flashforward estaba enamorado de una mujer japonesa

Aaron Stark (Brian F. O'Byrne)


Amigo de Mark y su padrino en Alcohólicos Anónimos. En su flashforward veía a su hija, pero su hija murió en Afganistán, supuestamente.

Lloyd Simcoe (Jack Davenport)


Es el hombre con el que está Olivia en su flashforward y el responsable del desvanecimiento. O al menos eso es lo que él cree.

Simon Campos (Dominic Monaghan)


Es el socio de Lloyd y un auténtico genio. Él no tuvo flashforward porque es el Sospechoso Zero, el hombre que estaba despierto mientras todos los demás permanecían inconscientes. Fue manipulado por los responsables del desvanecimiento para hacerle parecer culpable ante el mundo. Lo que Simon busca es vengarse de ellos por haberle secuestrado a la hermana pequeña.
Fue otra decepción, porque tanto hablar de venganza y al final se queda en nada.

martes, 16 de noviembre de 2010

Testamento

Bueno, este es el relato que escribí para el concurso de relatos de zombies del ka-tet. Quedé de 16, que para mi primera vez no está mal.

TESTAMENTO

Escribo estas páginas con la esperanza de que si hay supervivientes, sepan cómo empezó todo y conozcan la manera de destruir la toxina que ha exterminado a la especie humana prácticamente en su totalidad.
Desde la habitación que he ocupado en esta base militar durante los últimos cinco años puedo escuchar los gritos incoherentes, irracionales y, sobretodo, inhumanos de los que fueron mis compañeros de unidad y que ahora sólo son envoltorios de carne putrefacta sin alma ni conciencia, movidos únicamente por su ansia de alimentarse.
Las puertas de todas las habitaciones de la base son de cerradura magnética, y en cuanto he podido me he encerrado en mi habitación, he pasado la tarjeta por el lector y luego he inutilizado el mecanismo. No quiero que se me malinterprete. No soy un cobarde. He servido a mi patria con orgullo y valentía y en ocasiones irreflexivamente, sin dudar en arriesgar mi vida. Si me he encerrado no es para que ellos no entren, sino para que yo no pueda salir.
Estoy infectado.
Y antes de convertirme en un maldito zombie devorador de cerebros me pegaré un tiro con mi arma reglamentaria. La tengo aquí, sobre la mesa.
A lo que vamos.
Los culpables de la situación en que se encuentra la humanidad recae única y exclusivamente sobre nosotros: la propia raza humana, y sobretodo sobre las cabezas pensantes del Pentágono.
La guerra de Irak estaba durando ya demasiados años y no se distinguía un claro vencedor. Por cada fanático religioso que matábamos aparecían veinte más, así que a alguien de arriba se le ocurrió el arma definitiva. En vez de enviar soldados a arriesgar sus vidas para matar a un puñado de fanáticos crearían un arma biológica que lo haría en nuestro lugar.
Maldita la hora que se les ocurrió tan brillante idea.
Los científicos del Pentágono diseñaron una toxina muy eficaz, al menos en apariencia. Se transmitía por el aire y no se volvía mortal hasta pasados tres días. Durante ese tiempo los órganos vitales iban fallando paulatinamente hasta que cesaba toda actividad y la víctima moría.
Se probó la toxina en un condenado a muerte encerrado en una habitación hermética, y un amigo mío que trabajaba en el proyecto me contó lo que ocurrió.
Introdujeron la toxina en la habitación en forma de gas y fueron tomando nota de todas las reacciones del sujeto durante esos tres días: debilidad, palidez, mareos, hemorragias nasales y auditivas abundantes, incontinencia urinaria y de esfínter, un hambre insaciable y la comida que le daban le sabía a polvo, vómitos y al final la muerte.
Entonces ocurrió un imprevisto. El Imprevisto. Aunque la toxina reducía la actividad de los órganos vitales hasta detenerlos, por alguna extraña razón que no se explicaban la actividad cerebral continuaba tras la muerte del cuerpo, así que un minuto después de la muerte del sujeto este abrió los ojos y se lanzó contra el cristal que separaba la habitación en la que se encontraba de los científicos que observaban atónitos la escena del otro lado, balbuceando algo así como “hambre, cerebro”.
La única forma de eliminar la toxina era someterla a una muy elevada temperatura, así que incineraron la habitación con aquel zombie dentro.
Los científicos querían hacer todo tipo de pruebas con la toxina, descubrir por qué no atacaba el cerebro y por qué convertía a los infectados en muertos vivientes, pero las cabezas pensantes del Pentágono querían utilizar la toxina cuanto antes y se tomaron la transformación en cadáver viviente como un mero efecto secundario. Todo el mundo sabe que el ejército está formado por hombres de acción, nada que ver con los pacientes burócratas que dirigen el país. Así que no se realizaron pruebas y al día siguiente se lanzó la toxina sobre un pueblo de Irak.
Si hubieran permitido las pruebas ahora no estaríamos donde estamos. Habríamos sabido que los zombies transmitían la toxina a través de la piel, la saliva y la sangre. Pero cuando lo supimos ya era demasiado tarde.
El plan era sencillo. Soltar la toxina, esperar a que hiciera efecto, enviar una unidad para matar a los zombies si era posible (por lo menos lesionarlos o mutilarlos para que fuera más sencillo exterminarlos) y luego dejar caer la bomba sobre el lugar para eliminar la toxina.
Ni siquiera se pararon a pensar en las consecuencias que esta acción podría acarrear. Claro que si un retrasado como George W. Bush llegó a presidente, ¿de qué te sorprendes?
En el Pentágono tampoco contaron con que ese día habría viento y que desplazaría la toxina, infectando los pueblos y ciudades colindantes. ¿Cómo puedes quemar algo que está al aire libre y que cada vez se hace más y más grande?
Soltaron la toxina, mi unidad esperó los tres días reglamentarios y luego entramos en acción. Nos equipamos con máscaras antigás, uniforme de camuflaje y nuestros rifles de asalto, pero el trabajo no fue tan fácil como nos lo pintaron. Matamos a muchos volándoles las cabezas, como en las películas, pero a la mayoría los dejamos heridos, con piernas y brazos inutilizados, para que no supusieran una molestia a la hora de hacer desaparecer aquel pueblo con la bomba.
Tuvimos bajas, pocas, y algunos acabaron salpicados con la sangre de aquellos cadáveres andantes. Muchos compañeros, cabreados por haber estado a punto de ser devorados, la emprendieron a puñetazos con los que aún estaban “vivos”, llevando así con ellos la toxina de vuelta a casa. Yo no fui uno de ellos.
Soltamos la bomba y regresamos a nuestra base al día siguiente. Entonces nos percatamos de la catástrofe. En todas las cadenas informaban de la extraña epidemia que convertía a la gente en muertos vivientes. De momento se había extendido a medio continente asiático y parte de Europa. Nosotros éramos conscientes de la gravedad de la situación. Éramos soldados y nunca jamás cuestionábamos a nuestros líderes, pero sabíamos que alguien de arriba la había cagado pero bien.
Al menos pensamos que no cruzaría el Océano, sin saber que había viajado con nosotros en el avión. Tres días es mucho tiempo, y la toxina no dejó de extenderse. Fue como un efecto dominó. Cada infectado tocó a veinte o treinta personas, y cada una de esas personas tocó a otras tantas. Cuando quisimos darnos cuenta la mayor parte de la base estaba infectada.
Muchos de mis compañeros de unidad empezaron a encontrarse mal. Estaban débiles y mareados, además de pálidos, y acabaron llenando la enfermería aún después de que se quedaran sin camas. Y claro, al igual que Jesús se levantó al tercer día, ellos se convirtieron monstruos caníbales que atacaron a sus compañeros y amigos como auténticos salvajes. Eran irracionales, brutales y estaban famélicos. Su fuerza era sobrehumana y arrancaban brazos y piernas con asombrosa facilidad. Allí adonde mirase, había grandes charcos de sangre, vísceras y huesos rodeados aún de carne cruda. Yo y unos pocos soldados reunimos a todos los supervivientes que pudimos encontrar, nos armamos y fuimos volando cabezas hasta poder llegar al amplio laboratorio de la base. Perdimos a algunos por el camino y finalmente nos atrincheramos. Allí tratamos de busca una explicación. El pánico había cundido entre nosotros e incluso se produjeron algunas peleas. Los soldados echaban la culpa a los pocos científicos que había entre nosotros y estos acusaban a los soldados de no haber hecho correctamente su trabajo. Al final se impuso el orden y los científicos contaron todo lo que sabían sobre la toxina. Obviamente si los de la base estaban infectados y no habían respirado la toxina, eso significaba que también se transmitía por la piel. Fue como un jarro de agua fría. Algunos de nosotros habíamos estado en contacto con los zombies y otros con los soldados que regresaron del ataque. Entonces supe que estaba infectado, porque había entrechocado las manos de muchos compañeros, pero aún no había manifestado ningún síntoma. Ya habían pasado al menos dos días y debería estar echando bilis por la boca, pero me encontraba bien. Tal vez mi sistema inmunológico era más resistente que el de mis compañeros. De pequeño había sufrido una grave enfermedad que conseguí superar en contra de todo pronóstico, y desde entonces no había vuelto a enfermar, pero sabía que mi tiempo estaba contado.
Como si de un consejo de guerra se tratase se dictaminó que los infectados tenían que irse del laboratorio. Algunos aceptaron salir a ser devorados por los zombies, otros empezaron a llorar como niños y tuvieron que ser arrastrados mientras se orinaban encima, otros, ante su negativa, fueron ejecutados allí mismo sin vacilar, y otros prefirieron suicidarse a salir con aquellas cosas allí fuera. Yo no dije nada. Como aparentemente parecía sano, no les corregí de su error. Mi intención era ayudarles en todo lo posible y en cuanto manifestara algún síntoma quitarme yo mismo la vida.
Tras las bajas quedamos diez personas. Estuvimos un par de días allí encerrados, escuchando a nuestros antiguos compañeros gritar como salvajes, clamando comida (sobretodo cerebros), sin saber muy bien qué hacer a continuación. Por la radio supimos que la toxina se había extendido a Estados Unidos y Canadá, y gran parte de Europa. El único sitio que aún se resistía era África. Tal vez por su clima, pensé. Demasiado calor para que la toxina prospere.
No podíamos quedarnos allí para siempre, tarde o temprano los zombies echarían la puerta abajo, así que les propuse mi plan. Era posible que en África estuviéramos a salvo.
– ¿Y cómo llegaremos hasta allí?–preguntó uno de los soldados.
Dos pisos por encima de nosotros estaba el helipuerto, donde había un helicóptero con el espacio suficiente para cinco de nosotros.
– ¿Y el resto qué?–preguntó uno de los científicos– ¿Esperaremos aquí a que nos devoren para la cena?
Yo estaba convencido de que el resto no llegaría hasta el helicóptero, pero si les decía eso volvería a cundir el pánico.
–En el edificio de al lado hay un avión–les dije, lo cual era cierto–Nos dividiremos en dos grupos y cada grupo irá a un sitio.
Cada grupo estaba formado por tres soldados y dos científicos. Yo estaba en el del helicóptero y salimos en segundo lugar. Abrimos la puerta y el primer grupo se dirigió hacia las escaleras de la izquierda. Era extraño que no hubiera zombies en el pasillo, pero un minuto más tarde escuchamos unos disparos seguidos de unos gritos desgarradores y supimos que no lo habían conseguido. Nosotros nos miramos con el miedo dibujado en el rostro, pero mis compañeros y yo obligamos a los científicos a moverse. Corrimos hacia la derecha, donde había un ascensor que nos llevaría directamente hasta el helipuerto. No encontramos a ninguno por el pasillo, pero mientras esperábamos a que el ascensor abriera sus puertas aparecieron cuatro por donde habíamos venido. Apenas los vimos empezamos a dispararles y les destrozamos las cabezas antes de que pudieran llegar a nosotros. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron subimos a la cabina, y treinta segundos después se detuvo en el último piso. Al abrir las puertas dos zombies agarraron a uno de los soldados y lo lanzaron hacia delante. Sin perder un instante empezaron a desmembrarlo y destriparlo entre alaridos. Mi otro compañero y yo empujamos a los dos científicos hacia el fondo del ascensor y les llenamos el cuerpo de plomo. Cuando el peligro pasó insté a mi compañero de que llevara a los científicos hasta el helicóptero, mientras yo me aseguraba de que ningún muerto viviente estuviera vagando por la zona que había tras el ascensor. Entonces escuché un grito a mi espalda. Los tres supervivientes de mi grupo se habían detenido a medio camino porque tras el helicóptero aparecieron tres zombies más. Mi compañero iba a dispararles cuando le grité que se detuviera.
–Podrías darle al helicóptero. Déjame a mí.
Los moví hacia la derecha y esperé con bastante sangre fría, he de reconocerlo, a que los zombies se acercaran. Cuando estuvieron a unos cuatro metros dejé caer mi rifle de asalto y saqué dos pistolas de mi espalda. Le metí a cada uno una bala entre ceja y ceja y tras comprobar que no había más pudieron subir por fin al helicóptero.
–Iros rápido–les dije, vigilando la puerta del ascensor.
– ¿A qué esperas?–me dijo el otro soldado–Venga, sube.
– No, no puedo–le dije con una sonrisa de suficiencia–Estoy infectado.
– ¿Cómo vas a estar infectado? No tienes síntomas.
Y en ese momento estornudé y salpiqué el suelo de sangre.
–Creo que esto prueba lo equivocado que estás–le dije, y le guiñé un ojo.
El soldado, que ya había encendido los motores, me hizo un gesto con la cabeza y yo me despedí, dando una palmada en el exterior del helicóptero. Me llevé una mano a la sien y luego retrocedí hasta la puerta del ascensor, mientras veía el helicóptero alejarse. Recogí mi fusil del suelo y bajé al primer piso. Decidí dirigirme a mi habitación y por el camino me cargué a un montón de hijoputas. Conseguí entrar y cerrar la puerta antes de que dos de ellos me echaran las manos encima.
Y eso es todo. Llevo escribiendo esto desde hace cosa de una hora y aunque aún estoy en pleno uso de mis facultades he empezado a notar algunos síntomas. He vomitado dos veces y han empezado a sangrarme los oídos, y ya me tiemblan las manos. Me ha parecido oír gritos fuera, seguramente de algunos supervivientes más, pero no creo que consigan salir de esta. Esto es el fin y no hay nada más. Si encontráis esto sabréis lo que tenéis que hacer para acabar con los zombies y la toxina. En resumen, bala en la cabeza y fuego. E iros a África, no es cien por cien seguro, pero es lo que hay.
Espero que mis amigos lo hayan conseguido. Y si no es así, lo más probable es que los vea en el infierno dentro de un minuto. Allí es donde acaban los suicidas, ¿no? En todo caso no creo que sea peor que esto.
Hasta pronto.

FIN

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi Música

Soy heavy desde los catorce años, y a mucha honra.
Antes me gustaba el pop porque no conocía otra cosa y era un superfan de Michael Jackson. Sí, lo sé, pero no hace falta señalar.
Entonces vino un chico nuevo al colegio, que era heavy, y me hice amigo suyo, y la primera vez que escuché a Iron Maiden se me abrieron los ojos a un nuevo mundo. Fue el equivalente a tomarme la pastilla roja, ya sabéis lo que quiero decir. Era la música que siempre había estado buscando y por fin me sentía liberado.
Sé que parece contradictorio, pero a mí el heavy me relaja, igual que en algunas personas escuchar a Mozart. Pero si hay algo que nunca he soportado y sigo sin soportar es el rap. Cuando escucho algo de rap me siento como Regan siendo exorcizada por el padre Merrin. Es algo superior a mí.
Veréis, hace unos años se hacía en Moaña un festival llamado Moaña Sonora, donde tocaban grupos de rock de la zona (Moaña, Cangas y alguno de Vigo). Tengo unos amigos que tocaron un par de años y le daban auténtica caña (ellos y un grupo de Vigo llamado Nëno eran los mejores). El último año que fui fue horrible. Cuando llegué estaba acabando un grupo, ahora no recuerdo el nombre, pero eran bastante suaves (a mí o le das caña o ahí tienes la puerta). Cuando acabaron entró un dúo de raperos de la Coruña, Dios ke te Crew, y la gente que había allí, chavales con pantalón ancho, los gallumbos por encima de la cintura, la típica cadena colgando del bolsillo, gorra para atrás, todos empezaron a flipar, y yo me pregunté: “¿Pero dónde me he metido?”. Era como si hubiera aparecido en una realidad alternativa llena de raperos. Ah, Dios, qué asco, cada vez que lo recuerdo… Estuve dos minutos y me volví a mi casa. El año siguiente volvió a hacerse, pero era de rap y hip-hop, y fue el último. Casi fue mejor que dejaran de hacer el festival, porque para escuchar esa “música” mejor me quedo en casa.