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miércoles, 17 de abril de 2013

Viejos amigos. Capítulo 1

Bueno, este es un fanfic que escribí hace unos años sobre los X-Men, en concreto sobre el Profesor Xavier y Magneto, de cómo se hicieron amigos y luego enemigos. Espero que os guste. 


1. Viejos amigos

El hombre del abrigo negro vaciló ante la entrada del hospital y se preguntó qué demonios hacía allí.
Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron, y la despedida no había sido agradable, pero allí estaba, preocupado por lo que le había ocurrido a su viejo amigo. Aunque estaban en bandos opuestos, existía un lazo invisible que los unía. Un lazo irrompible.
¿Pero querría verle? Eso esperaba.
Finalmente se decidió y traspasó la entrada del hospital.
Cuando pasó por el detector de metales, este vibró durante un instante. Aquello era debido al campo magnético que emanaba su cuerpo, mucho más potente que el de cualquier ser humano normal.
El guardia de seguridad le miró, extrañado.
Él le sonrió.
-Estos aparatos nunca funcionan como deberían.
-Sí-dijo el guardia, por rellenar el silencio. Había algo en aquel hombre que, por alguna extraña razón, le hacía sentirse incómodo.
El hombre del abrigo negro se acercó al puesto de información y se quitó el sombrero.
La enfermera que estaba tras el mostrador pensó que aún era joven para tener el peno tan canoso.
-¿En qué puedo ayudarle?-le preguntó, solícita.
-He venido a visitar a un amigo. Se llama Xavier. Charles Xavier.
-Ah, sí, pobre hombre. Tenía las piernas destrozadas cuando ingresó hace seis meses.
-Eso me han dicho. ¿Puede decirme cuál es su habitación?
-La 271, pero ahora no está en ella. Está con el doctor Marvin, paseando por el terreno que hay detrás del hospital.
-¿Paseando?
-Bueno, usted ya me entiende.
-Sí. Gracias, señorita-se encaminó hacia la puerta, pero la enfermera lo llamó.
-Espere, tengo que anotar todas las visitas que reciben los pacientes. ¿Cuál es su nombre?
-Oh, no tiene importancia-dijo él, sonriendo y poniéndose de nuevo el sombrero-Sólo soy un viejo amigo.


Charles Xavier iba en una silla de ruedas muy aerodinámica: era motorizada, apenas emitía un ligero zumbido, era metálica de color amarillo y se deslizaba a veinte centímetros del suelo.
-Es el regalo de una amiga-dijo Xavier al doctor Marvin.
-¿Qué?
-La silla. Iba a preguntarme por ella.
-¿Cómo lo sabe?
Xavier guardó silencio durante un instante, con una media sonrisa en los labios.
-He visto la curiosidad en su rostro.
El doctor Marvin sonrió.
-Jamás había visto una silla así.
-Porque no existe otra igual en el mundo, doctor. Mi amiga es científica, doctor Marvin. Con esta silla no quiere que me falte de nada en mi actual estado.
-Debe ser una buena amiga.
-Lo es-se limitó a decir Xavier, pensando en Moira.
Fue su primer amor. Los dos se conocieron en la Universidad y se enamoraron. Xavier iba a declararse cuando lo llamaron a filas y tuvo que ir a la guerra. La 2ª Guerra Mundial. Y ya no hubo vuelta atrás. Cuando volvieron a verse ella lo rechazó sin darle ninguna explicación y eso lo destrozó. Entonces empezó a viajar por todo el mundo, prestando su ayuda a los que lo necesitaran. Hasta que tuvo el accidente.
Y ella, en vez de venir a verle, le enviaba aquella silla de ruedas automática. Hubiera preferido sentir su presencia a su lado antes que esta estúpida silla.
-Al menos parece haber aceptado que no volverá a caminar-dijo el doctor Marvin, devolviéndolo al presente.
- Acepto lo que me ha ocurrido, doctor, pero tengo fe en que algún día volveré a caminar.
-Xavier...
-No se moleste, doctor Marvin-dijo Xavier, con la mirada perdida entre los árboles que flanqueaban el camino-Todos los médicos de este hospital me han dicho lo mismo. Tengo las piernas inservibles, pero permítame conservar la esperanza al menos.
-De acuerdo, lo siento.
-Olvídelo. Y no, no dejaré que me las amputen.
El doctor Marvin lo miró, desconcertado.
-¿De qué está hablando?
-Usted cree que lo mejor sería que me amputaran las piernas, ya que la sangre no llega a mis miembros inferiores. Es lo que creen todos. Pero no pienso hacerlo. Son mis piernas y me gustan.
-Está bien, Xavier, tranquilícese, nadie va a cortarle las piernas.
-Ya lo creo que no-Xavier lo miró a los ojos, con el ceño fruncido, y se obligó a respirar hondo.
Cálmate, se dijo, no pierdas el control, recuerda lo que pasó la última vez.
Xavier se limitó a sonreír brevemente.
-Ahora me gustaría estar solo, si no le importa.
-Claro, claro, y yo tengo que atender a otros pacientes. Ya vendré a verlo más tarde.
Xavier se quedó allí varios minutos, pensando en el bueno del doctor. El doctor y sus colegas que querían cortarle sus piernas. Cuando pensaba en ello la desesperación le podía. Ellos, que querían arrebatarle la esperanza de volver a caminar, de volver a correr. Por Dios, si su caso no era el peor de todos. Xavier conocía casos en los que pacientes en peor estado que el suyo habían acabado andando de nuevo. Él lo había hablado con los médicos, pero se limitaban a intercambiar significativas miradas y a asentir con la cabeza, como si él no estuviera en sus cabales.
Ignorantes, pensó, pero ya verán, ya verán cuando se den cuenta de que están equivocados. Cuando me vean andar de nuevo entonces se darán cuenta.
Estaba pensando en todo ello cuando su silla se detuvo y cayó los veinte centímetros que lo separaban del suelo. Entonces se desplazó veinte metros hacia atrás y giró 180 grados.
-Eric.
-Hola, Charles-lo saludó su viejo amigo quitándose el sombrero.

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